Lic. Evelin Pérez Álvarez
A finales de la década del veinte del pasado siglo fragua en Cuba la primera Vanguardia Artística; pero no es hasta 1934 que regresa Amelia Peláez del Casal de su beca en Europa, definitoria para convertirse en exponente de punta del primer movimiento de pintores modernos. Inspirada en Picasso, influenciada por Georges Braque, Henri Matisse y Fernand Léger presenta una obra marcada por el ritmo de las líneas y el uso de colores primarios.
No podía ser distinto para Amelia, provenía de un hogar donde el linaje artístico descendía de antepasados como el poeta pionero del Modernismo Julián del Casal. En su casa de la Víbora de la calles Juan Bruno Zayas y Estrada Palma, vieron la luz obras que la situarían para siempre en la historia del arte cubano. Estas obras no solo fueron óleos sobre tela sino también una importante colección de cerámicas conformadas por platos, vasos, jarras, porrones; elaborados con arcilla roja, terracota, pasta blanca, decorados y muchos ejemplares esmaltados.
Dentro de todos los motivos de su obra la naturaleza muerta ocupa un lugar distintivo, sin olvidar que plasmó la arquitectura con el trazo de columnas, la figura femenina y hasta los llamados bodegones con peces. El Museo de Arte cubano guarda celosamente cada ejemplar que se conserva de la amplia producción de Amelia. Se vería limitada la artista por la afectación de la visión debido a la diabetes, y cerraría los ojos dejando este mundo el 9 de abril de 1968.
El visitante que desee ir a su descanso, se encuentra en el Cuartel NO 3 Cruz de segunda orden, con el número de expediente 7650, a nombre de su padre Manuel Peláez. Es una bóveda con osario de extrema sencillez, marcada por una jardinera con el nombre de la artista.




