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Los cementerios desaparecidos del Horcón y el Cerro

El Cerro en su organización urbanística va a distinguirse por dos pueblos primigenios de origen vial. El primero se registra, desde la segunda mitad del siglo XVIII en la capitanía de partido, o pedánea, de Carraguao, o del Horcón. Tuvo como centro, la llamada Esquina del Horcón, o de Tejas, en el entronque hacia Jesús del Monte. Por sus alturas, existió un fortín que enfrentó a las tropas invasoras británicas en 1762. Ya hacia esta fecha se tiene noticias de la existencia de una pequeña ermita la que, bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar, permitía realizar las prácticas cristianas a la comunidad que se gestaba.

El primer barrio del Cerro fue el Horcón o Carraguao. Se refleja desde la segunda mitad del siglo XVIII en los planos extramuros de la ciudad, luego del puente de Chávez.

HORCÓN O CARRAGUAO

El barrio del Horcón o Carraguao, se va conformando, a partir de la parcelación de las estancias limítrofes al eje vial de la vieja calzada real, llamada Calzada del Horcón, o del Monte, que comunicaba a la ciudad Intramuros con los arrabales. Por el este, se fragmentan las antiguas estancias de Manuel González del Castillo y Pedro García Menocal; mientras, por el oeste, las fincas de Doña Rosalía Córdova de Sierra, y Doña Ana Josefa Urra. Ya hacia 1774, el padrón para esta localidad, reflejaba la existencia de medio millar de habitantes, con aproximadamente, un centenar de viviendas.

Entre los censados se hallaban los propietarios y esclavos, estos últimos, destinados principalmente a labores agrícolas; pero, se excluía a los negros curros y gran parte de los asalariados, quienes improvisaban sus casuchas en los montes y manglares, para nutrir talleres y comercios que se gestaban en el barrio. A partir de 1797, con la creación del Matadero de ganado mayor, la localidad se define más nítidamente como industrial y mercantil. El Gobierno crea allí la Administración de Rentas Reales, con una sub colecturía de billetes y particulares crean infinidad de almacenes y comercios, como el Jardín de Sierra.

Ya, a finales de la tercera década del siglo XIX, el Horcón registra el siguiente cuadro poblacional: blancos 2 171, mulatos libres 485, negros libres 422, mulatos esclavos 22, negros esclavos 609, total 3 709

LOS CURROS DE CARRAGUAO

Los Curros de Carraguao o del Horcón, formaron gran parte de la comunidad de negros libres que se conocían, desde el siglo XVIII, como los “Curros del Manglar”. Comenzaron a hacerse notar, al sur del barrio de Jesús María, por toda la zona pantanosa en torno al Arroyo de Chávez, desde el puente, por el Matadero, hasta casi las faldas de la Loma de la Ánimas. Vivían -valoró el costumbrista José Victoriano Betancourt – en “mezquinas casuchas” o “asquerosas pocilgas”. Definió que eran el “refugio de malvados” y el “Hampa de La Habana”. Eran los “guapos, famosos por sus costumbres relajadas y por sus asesinatos que – escribió- han hecho temblar más de una vez a los pacíficos moradores de los barrios extramuros”. De su capacidad de resistencia a las fuerzas de orden público y a las autoridades, da fe su trascendencia en el orden cultural.

Se les reconocía inmediatamente por su apariencia exterior. Analizó Fernando Ortiz que el negro curro no quería parecerse al negro horro, ladino y liberto. “El negro curro, sólo quería ser curro”, escribió Ortiz. Usaban argollas de oro en las orejas, dientes cortados a la manera de los carabalí, el pelo se lo trenzaban, formando numerosos y largos mechones, el vestuario era chillón, y su caminar, alardoso.

Explicaba Betancourt en el Faro Industrial de La Habana, que en su andar se contoneaban, “como si fueran gonces y meneando los brazos adelante y atrás”. Por supuesto, tenían una jerga especial, y se observó que hacían singular inflexión en la voz, con una locución viciosa, y un idioma tan particular, “físico y disparatado, que a veces, no se les entiende” Fernando Ortiz precisó que numerosos vocablos de la jerga curra, pasaron al vocabulario criollo cubano, tales como: “apencarse”, “jalarse”, “jelengue” y “chévere”.

Durante el año 1802 hubo un incendio que destruyó gran parte de sus viviendas, y desde entonces, aunque con cierta dispersión entre el manglar, Jesús María, Los Sitios y Carraguao, lograron mantener la unidad étnica que generó una cultura con incidencia en la música popular habanera. Ignacio Piñeiro, por ejemplo, siempre reconoció en su formación musical, desde la niñez, el legado de los negros curros de Carraguao. Esta impronta quedó igualmente en los sectores más humilde de la localidad; al punto, que cuando se fundó la comparsa los Marqueses de Atarés, hubo un espacio, donde se recordaba a los negros curros. Incluso, en el barrio del Cerro, cuando El Alacrán salió en los carnavales de 1951, significativamente tuvo el nombre: “Los Negros Curros”.

EL DEPÓSITO DE CIMARRONES

El Real Consulado establece el llamado Depósito de Cimarrones en los límites de las Capitanías del Horcón y el Cerro, a unos trescientos metros de la Esquina de Tejas, donde luego se abrió la calle Saravia. Se construyó a partir de horcones, con madera y techo de guano. Fue resultado de un acuerdo de la Junta de Fomentos, fechado el 9 de julio, justo del año 1800.

Tuvo como objetivo concentrar allí a todos los cimarrones que se capturaban para ponerlos a trabajar en obras públicas. Muchos no eran debidamente reclamados por sus dueños y permanecían de por vida en aquellos barracones. Debido al órgano de Gobierno a que dependía, se le llamó también “El Consulado”. En la tarde del domingo 12 de julio de 1835, hubo una rebelión donde se fugaron un grupo de esclavos, entre ellos, el célebre “Basilio, el cimarrón”.

La acción se conoció como “revolución de esclavos en el Horcón”, “conmoción de negros” y “asonada de negros que se habían concentrado en el Partido del Horcón”. Desconocemos si el hecho tuvo nexos con los Curros de Carraguao, o con algún otro grupo de negros libres, o esclavos, sociedad secreta o de socorros mutuos. Objetivo futuro será poder precisar mejor su trascendencia.

La Real Junta de Fomento, ya antes había decidido reformar un tanto el régimen carcelario del depósito de Cimarrones, y concedió ciertas libertades, edulcorando los maltratos. Luego, incluso, facilitarían que los esclavos recibieran visitas de ciertas mujeres. No obstante, siempre el trabajo duro y excesivo, sin la debida alimentación, e higiene, haciendo que la mortalidad se mantuviera alta, desde edades tempranas, Como muchos eran negros bozales, y no habían querido bautizarse, hubo protesta de las comunidades católicas, en el sentido de que no se les enterrara junto a los cristianos. De tal forma, las autoridades, para resolver este conflicto religioso discriminatorio, así como para enterrar también a los pobres de la localidad, cuyos familiares no tenían recursos para pagar los gastos, la creación de un nuevo cementerio.

LOS CEMENTERIOS DEL HORCÓN Y EL CERRO

El Cementerio del Horcón, llamado también del Cerro, o El Horcón, o de los Cimarrones, fue una decisión del Capitán General José Cienfuegos, a propuestas del Obispo Espada, desde el mes de marzo de 1817. La apertura de un nuevo cementerio para la localidad era una petición expresa de las jóvenes parroquias del Pilar, Salvador del Mundo y San Gerónimo, de Mordazo. Se inauguró el domingo 21 de septiembre de 1817.

El día 23 ya se enterraba allí el primer cadáver: Apolonio, esclavo de origen lucumí, quien, precisamente, fue bautizado poco antes de morir. El camposanto tuvo originalmente, una extensión de 28 varas de frente por 41 de fondo. Pero, cuando la devastadora epidemia de cólera morbus, en 1833, el fondo del cementerio fue extendido a 117 varas, a petición de los médicos de la Junta de Fomento. Sin embargo, continuaron sucediéndose graves problemas sanitarios, debido a la humildad de los enterramientos. Ante la protesta de poderosos vecinos, como los Condes de Fernandina y Santo Venia, se convino retirar el cementerio más hacia las afueras de la ciudad, en la periferia del Cerro.

Existió por muchos años el error de que el Cementerio del Cerro había sido sólo uno, el creado en 1817. Pero el historiador Antonio Medina Fernández, demostró que aquel de Saravia, “El Horcón de los Cimarrones”, fue clausurado definitivamente el 12 de noviembre de 1843 y sustituido por otro, también en terrenos del actual municipio del Cerro, que tuvo por nombre Cementerio del Cerro.

Se ubicó en el lote número 5, de la estancia “La Ciénaga”, propiedad del Ayuntamiento. Se hallaba cerca de la línea del ferrocarril, casi paralelo a donde se halla la Avenida de Rancho Boyeros, en su entronque con la Calzada del Cerro. Formaba un cuadrado, casi perfecto de casi 6 mil quinientas varas cuadradas.

Como la zona era baja se circundó de zanjas para facilitar la evacuación de las aguas, en caso de inundación. Precisamente, se llegaba hasta el cementerio desde la calzada, pasando por un puentecito de madera. El portón era de estilo dórico, con rejas de hierro, Su tapia era de mampostería mixta, con pilares de sillería con una altura de dos varas. Los osarios eran de forma cilíndrica y se hallaban, a partir de los ángulos que formaban la edificación.
El Cementerio del Cerro se dividía en cuatro cuadrículas, con dos calles y una plazoleta en el centro. Al fondo, se construyó una capilla estilo gótico. Estuvo en funciones hasta el 20 de agosto de 1860, en que fue clausurado, igualmente por razones sanitarias. El crucifijo de madera, correspondiente a la capilla del camposanto, se conserva en la Parroquia del Salvador del Mundo, del Cerro.

Fuentes

“Historia del Cerro.” Proyecto identidad. 2004.
Lcdo. Carlos Bartolomé Barguez
Museo del Cerro.

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